9/2/12

Análisis de El pescador y el genio

El cuento de hadas comparado con la fábula

Uno de los cuentos de Las mil y una noches, «El pescador y el genio», nos da una versión casi completa del tema del cuento de hadas que presenta a un gigante en conflicto con una persona normal y corriente.[i] Este tema es, de alguna manera, común a todas las culturas, ya que, en todas partes, los ni­ños temen y se rebelan por el poder que sobre ellos ostentan los adultos. (En Occidente, este tema se conoce mejor bajo la forma del cuento de los Herma­nos Grimm, «El espíritu de la botella».) Los niños saben que, al no cumplir lo que los adultos les mandan, sólo hay una manera de ponerse a salvo de su ira: el engaño.
«El pescador y el genio» relata cómo un pobre pescador lanza la red al mar cuatro veces. Primero coge un asno muerto, la segunda vez un jarro lleno de arena y lodo. Al tercer intento consigue todavía menos que en los anteriores: cascos y vidrios rotos. A la cuarta vez, el pescador saca una tinaja de cobre. Al abrirla, brota una enorme nube que se materializa en un gigantesco genio que amenaza con matarle, a pesar de las súplicas del pescador. Éste se salva gracias a sus engaños: burla al genio dudando, en voz alta, de que aquel enor­me ser pudiera estar dentro de aquella diminuta vasija; de este modo, le obliga a que vuelva a meterse en la tinaja para demostrar que era cierto. Entonces el pescador tapa y precinta rápidamente la tinaja y la arroja de nuevo al mar.
Este mismo tema puede aparecer en otras culturas bajo una versión en la que el malvado personaje se materializa en un gigantesco y feroz animal que amenaza con devorar al héroe, que, a no ser por su astucia, no tiene medios para enfrentarse a su adversario. Entonces, el héroe medita en voz alta, dicien­do que para un espíritu tan poderoso debe ser muy sencillo convertirse en una enorme criatura, pero que, seguramente, le resultaría imposible transformarse en un animal pequeño, como un pájaro o un ratón. Este llamamiento a la vani­dad del espíritu dicta su propia sentencia. Para demostrar que no hay nada imposible para él, el malvado espíritu se convierte en un minúsculo animal, al que el héroe puede derrotar fácilmente.[ii]
La historia de «El pescador y el genio» es más rica en mensajes ocultos que otras versiones de este mismo tema, pues contiene detalles importantes que no siempre se encuentran en las demás versiones. Un aspecto es el relato de cómo el genio llegó a ser tan despiadado como para querer matar a la persona que lo liberara; otro, es el de que tres tentativas fracasadas se recompensan al final, en el cuarto intento.
De acuerdo con la moral de los adultos, cuanto más dura un cautiverio, más agradecido debe estar el prisionero a su liberador. Pero no es este el modo en que el genio lo describe: hallándose confinado en su botella durante los prime­ros cien años, «me dije a mí mismo, "haré rico para toda la vida a quienquiera que me rescate". Pero, transcurrió el siglo entero, y como nadie vino a liberar­me, entré en el segundo centenar diciendo, "revelaré todos los tesoros ocultos de la tierra a quienquiera que me rescate". Pero nadie me puso en libertad, y así transcurrieron cuatrocientos años. Entonces me dije, "colmaré tres deseos a quienquiera que me rescate". Sin embargo, nadie me liberó. Me enfurecí, y con una rabia inmensa decidí, "de ahora en adelante, mataré a quienquiera que me rescate..."».
Esto es exactamente lo que siente el niño que ha sido «abandonado». Primero piensa en lo feliz que será cuando vuelva su madre; o cuando se le ha mandado a su habitación, imagina lo contento que estará cuando se le permita salir, y cómo recompensará a la madre. Pero a medida que va pasando el tiem­po, se enoja cada vez más y llega a fantasear la terrible venganza que caerá sobre aquellos que lo han recluido. El hecho de que, en realidad, pueda sentirse muy feliz cuando se le perdona, no cambia, en absoluto, que sus sentimientos pasaran de recompensar a castigar a aquellos que le causaron daño. Así pues, el modo en que se desarrollan los pensamientos del genio proporciona a la his­toria una verdad psicológica para el niño.
Un ejemplo de esta progresión de sentimientos nos lo da un niño de tres años, cuyos padres estuvieron ausentes durante varias semanas. El niño habla­ba completamente bien antes de que sus padres se fueran, y continuó hacién­dolo con la mujer que cuidaba de él y con otras personas. Pero al regreso de sus padres, no quiso pronunciar una sola palabra, ni a ellos ni a ninguna otra persona durante dos semanas.
Por lo que le había dicho a su cuidadora, estaba muy claro que, durante los primeros días de ausencia de sus padres, había estado esperando su retorno con gran expectación. Sin embargo, a últimos de la primera semana empezó a contar lo enfadado que estaba de que lo hubieran dejado y cómo se las haría pagar a su vuelta. Una semana más tarde, se negó incluso a hablar de sus pa­dres y se ponía sumamente furioso contra cualquier persona que los menciona­ra. Cuando por fin llegaron su padre y su madre, se apartó de ellos silenciosa­mente. A pesar de todos los esfuerzos por llegar a él, el chico se mantenía impasible en su rechazo. Fueron necesarias varias semanas de paciente com­prensión por parte de los padres para que el niño pudiera volver a ser su anti­guo yo. Es evidente que, a medida que transcurría el tiempo, el enfado del niño iba en aumento, y se hizo tan violento y abrumador, que el pequeño llegó a temer que si se dejaba ir destruiría a sus padres o que éstos, en represalia, lo destruirían a él. El negarse a hablar era su defensa: su manera de protegerse, tanto a sí como a sus padres, contra las consecuencias del terrible enojo.
No hay modo de saber si en la lengua original de «El pescador y el genio» existe una expresión similar a la nuestra referente a los sentimientos «controla­dos».[1] De todos modos, la imagen del encierro en una botella fue entonces tan adecuada como lo es ahora para nosotros. En cierta manera, todos los niños tienen experiencias parecidas a las de este niño de tres años, aunque, normal­mente, son menos exageradas y las reacciones menos patentes. El pequeño, por sí solo, no sabe lo que le ha ocurrido, todo lo que sabe es que tiene que actuar así. Todos los esfuerzos por ayudar a un niño a comprender racionalmente, no sólo no le afectarán, sino que, además, lo dejarán derrotado, ya que todavía no es capaz de pensar racionalmente.
Si le contamos a un niño pequeño que otro niño se enfadó tanto con sus padres que, durante dos semanas, no quiso hablar con ellos, su reacción será: «¡Esto es estúpido!». Si intentamos explicarle por qué el chico no habló duran­te dos semanas, el pequeño que nos está escuchando siente, todavía más, que actuar de esta manera es estúpido; y no sólo porque considere que esta acción es disparatada, sino también porque la explicación no tiene sentido para él.
Un niño no puede aceptar conscientemente que su rabia pueda dejarlo sin habla, o que pueda llegar a querer destruir a aquellas personas de las que él mismo depende para su propia existencia. Comprender esto significaría tener que aceptar el hecho de que sus emociones pueden dominarlo hasta el punto de llegar a perder el control sobre ellas, cosa que no deja de ser un pensamiento bastante angustioso. La idea de que en nuestro interior puedan existir fuerzas que se hallan más allá del alcance de nuestro control es demasiado amenazado­ra como para que se tome en consideración, no solamente para un niño.[2]
Cuanto más intensos son los sentimientos de un niño, más evidente resultaque la acción sustituye a la comprensión. Puede haber aprendido a expresarse de otra manera con la ayuda del adulto, aunque tal como él lo ve, la gente no llora porque está triste, sino que simplemente llora. La gente no pega ni destru­ye, ni tampoco deja de hablar a causa de un enfado; sino que simplemente ac­túa de este modo. Es posible que el niño haya aprendido que puede aplacar a los adultos explicándoles su acción: «Lo hice porque estaba furioso». Sin embargo, esto no cambia el hecho de que el niño no experimente la ira como ira, sino solamente como un impulso de pegar, de destruir, de guardar silencio. Únicamente después de la pubertad empezamos a reconocer nuestras emociones por lo que son, sin actuar inmediatamente de acuerdo con ellas o desear hacerlo.
Los procesos inconscientes del niño se hacen comprensibles para él sólo mediante imágenes que hablen directamente a su inconsciente. Los cuentos de hadas evocan imágenes que realizan esta función. Al igual que el niño no piensa «cuando vuelva mi madre, seré feliz», sino «le daré algo», el genio se dice a sí mismo «haré rico a quienquiera que me rescate». Al igual que el niño tam­poco piensa «estoy tan furioso que podría matar a esta persona», sino «cuan­do le vea, le mataré», el genio dice «mataré a quienquiera que me rescate». Si una persona real piensa o actúa de este modo, semejante idea despierta de­masiada ansiedad como para poder comprenderla. Pero el niño sabe que el ge­nio es un personaje imaginario, y por lo tanto puede permitirse el lujo de cono­cer lo que motiva al genio, sin que esto le obligue a hacer referencia directa a sí mismo.
Al crear fantasías en torno a la historia —si no lo hace, el cuento de hadas pierde gran parte de su impacto—, el niño se va familiarizando poco a poco con la manera en que el genio reacciona ante la frustración y el encarcelamien­to, y da un importante paso que le llevará a observar reacciones paralelas en su propia persona. Puesto que lo que presenta al niño estos patrones de con­ducta no es más que un cuento de hadas del país del nunca jamás, la mente del pequeño puede oscilar hacia adelante y hacia atrás entre «es verdad, así es como uno actúa y reacciona» y «es todo mentira, no es más que un cuento», según esté más o menos preparado para reconocer estos mismos procesos en su propia persona.
Y lo más importante, puesto que el cuento de hadas garantiza una solución feliz, es que el niño no tiene por qué temer que su inconsciente salga a la luz gracias al contenido de la historia, ya que sabe que, descubra lo que descubra, «vivirá feliz para siempre».
Las exageraciones fantásticas de la historia, como la de estar «embotellado» durante siglos, hacen plausibles y aceptables reacciones que no lo serían en absoluto si se presentaran en situaciones más realistas, como la ausencia de los padres. Para el niño, la ausencia de sus progenitores parece una eternidad, y este es un sentimiento que permanece invariable aunque la madre le explique que sólo estuvo fuera media hora. Así pues, las exageraciones fantásticas de los cuentos de hadas dan a la historia una apariencia de verdad psicológica, mientras que las explicaciones realistas parecen psicológicamente falsas, aun­que en realidad sean ciertas.
«El pescador y el genio» ilustra por qué el cuento simplificado y censurado pierde todo su valor. Si observamos la historia desde el exterior, puede parecer harto innecesario hacer que los sentimientos del genio experimenten un cam­bio, desde el deseo de recompensar a la persona que lo libere hasta la decisión de castigarla. La historia podía haber sido simplemente la de un genio malva­do que quería matar a su liberador, quien, a pesar de ser un frágil ser humano, se las arregla para ser más astuto que el poderoso espíritu. Pero, simplificado de esta manera, el cuento se convierte en una historia de miedo con un final feliz, sin ninguna verdad psicológica. Es precisamente el cambio del genio de desear- recompensar a desear-castigar lo que permite al niño conectar empáticamente con la historia. Ya que el cuento describe tan verídicamente lo que ocu­rrió en la mente del genio, la idea de que el pescador pueda engañarlo también resulta real. Al eliminar estos elementos, aparentemente insignificantes, el cuento de hadas pierde su sentido más profundo, haciéndose, a la vez, poco interesan­te para el niño.
Sin ser consciente de ello, el niño se regocija por la lección que el cuento de hadas da a aquellos que ostentan el poder y pueden «embotellarlo y controlarlo». Hay numerosas historias infantiles modernas en las que un niño logra engañar a un adulto. Pero, por ser demasiado directas, estas historias no ofre­cen, en la imaginación, ningún alivio en cuanto a la situación de tener que estar siempre bajo el dominio del poder adulto; por otra parte, asustan al niño, cuya seguridad reside en el hecho de que el adulto es más maduro que él, y puede protegerle tranquilamente.
El ser más astuto que un genio o un gigante tiene mayor validez que hacer lo mismo con un adulto. Si se le dice al niño que puede aprovecharse de alguien como sus padres, se le ofrece un pensamiento agradable, pero, al mismo tiem­po, se le provoca ansiedad, pues si puede ocurrir esto, entonces el niño no está suficientemente protegido por estas personas tan bobas. Sin embargo, como el gigante es un personaje imaginario, el niño puede fantasear con la idea de engañarle hasta el punto de lograr, no sólo dominarlo, sino destruirlo, no de­jando por esto de considerar a los adultos reales como sus protectores.
El cuento de «El pescador y el genio» tiene algunas ventajas sobre las histo­rias de Jack («Jack, el matador de gigantes», «Jack y las habichuelas mágicas»). Al enterarse por el relato de que el pescador no es sólo un adulto sino un padre de familia, el niño aprende implícitamente, a través de la historia, que su padre puede ser amenazado por fuerzas superiores a él, pero que es tan as­tuto que consigue vencerlas. Según este cuento, el niño puede obtener provecho de estos dos mundos. Puede identificarse con el papel del pescador e imaginar­se a sí mismo burlando al gigante. También puede colocar a su padre en el pa­pel de pescador e imaginar que él es un espíritu que puede amenazarle, sabien­do no obstante que, al final, vencerá el padre.
Un importante aspecto de «El pescador y el genio», aunque aparentemente insignificante, es que el pescador tiene que pasar por tres intentos fracasados antes de atrapar la tinaja en la que se encuentra el genio. Sería más fácil empe­zar la historia pescando ya la funesta botella, pero este elemento explica al niño, sin moralizar, que uno no debe esperar el éxito al primer, al segundo, ni al ter­cer intento. Las cosas no se consiguen tan fácilmente como uno se imagina o desearía. A una persona menos perseverante, los tres primeros intentos del pes­cador la hubieran hecho desistir, ya que cada esfuerzo le llevaba a obtener co­sas cada vez peores. El importante mensaje de que uno no debe detenerse, a pesar del fracaso inicial, está implícito en la mayoría de fábulas y cuentos de hadas. El mensaje es efectivo, siempre que sea transmitido, no como moraleja o exigencia, sino de un modo casual, que muestre que la vida es así. Además, el hecho mágico de dominar al gigantesco genio no se da sin esfuerzo o astucia: esta es una buena razón para agudizar la mente y seguir esforzándose, sea cual sea la tarea emprendida.
Otro detalle que puede parecer igualmente insignificante, pero cuya supresión debilitaría también el impacto de la historia, es el paralelismo que hay en­tre los cuatro esfuerzos del pescador, coronados finalmente por el éxito, y las cuatro etapas por las que pasa la creciente ira del genio, presentando el proble­ma crucial que la vida nos plantea a todos nosotras: el de estar dominados por nuestras emociones o por nuestra razón.
En términos psicoanalíticos, dicho conflicto simboliza la difícil batalla que todos hemos de librar: ¿Debemos ceder al principio del placer, que nos lleva a conseguir la satisfacción inmediata de nuestros deseos o a recurrir a la vio­lenta venganza por nuestras frustraciones, incluso en aquellas personas que no tienen nada que ver; o deberíamos renunciar a vivir bajo el influjo de estos impulsos y procurar una vida regida por el principio de la realidad, según el cual tenemos que estar dispuestos a aceptar muchas frustraciones si queremos obtener recompensas duraderas? El pescador, al no permitir que sus decepcio­nantes capturas le desanimaran y le impidieran continuar con sus esfuerzos, eligió el principio de la realidad, que le proporcionó el éxito final.
La decisión a tomar sobre el principio del placer es tan importante que numerosos mitos y cuentos de hadas intentan hacérnosla aprender. El mito de Hércules es un ejemplo del modo, directo y didáctico, en que un mito plantea esta elección crucial, comparado con el modo amable, indirecto y nada exigente y, por esta razón, más efectivo desde el punto de vista psicológico, en que los cuen­tos de hadas transmiten este mensaje.[iii]
En el mito se nos cuenta que «había llegado la hora de saber si Hércules utilizaría sus dones para bien o para mal. Abandonó a los pastores y se enca­minó hacia una solitaria región para reflexionar sobre cuál debería ser el curso de su vida. Mientras estaba sentado meditando, vio que dos mujeres muy altas se acercaban a él. Una era hermosa y noble, con un aire de modestia. La otra, seductora y de protuberantes senos, andaba arrogantemente». La primera mujer, continúa el relato, es la Virtud; la segunda, el Placer. Cada una de ellas ofrece grandes promesas para el futuro de Hércules si éste elige el camino que ella le sugiere para vivir de ahora en adelante.
La imagen de Hércules en esta encrucijada es de tipo paradigmático, porque todos nosotros, como él, estamos tentados por la visión del goce fácil y eterno en la que «recogeremos los frutos de las fatigas de otro y no rechazare­mos nada que nos pueda proporcionar un beneficio», como prometió «el Pla­cer Ocioso, camuflado como la Felicidad Permanente». Pero también nos atrae la Virtud y su «largo y penoso camino hacia la satisfacción», que dice «que al hombre nada se le concede sin esfuerzo y tesón» y que «si una ciudad te tiene en estima, tendrás que prestarle ayuda; si quieres tener una buena cose­cha, deberás sembrar».
La diferencia entre el mito y el cuento de hadas se refleja en el hecho de que el primero nos explica directamente que las dos mujeres que se dirigen a Hércules son el Placer Ocioso y la Virtud. Al igual que los personajes de un cuento de hadas, estas dos mujeres son la personificación de las conflictivas tendencias internas y los pensamientos del héroe. En éste se las describe a am­bas como alternativas, aunque en realidad no lo sean; entre el Placer Ocioso y la Virtud debemos elegir esta última. En cambio, el cuento de hadas no nos enfrenta nunca tan directamente ni nos dice abiertamente qué hemos de esco­ger. Por el contrario, el cuento de hadas ayuda a los niños a desarrollar el deseo de una consciencia superior a través del contenido de la historia. Nos convence por el atractivo resultado de los sucesos, que nos tienta, y por el llamamiento que hace a nuestra imaginación.
[1] El autor se refiere al término inglés bottled up, cuya traducción literal es «embotellado», pero posee un doble significado cuando se trata de sentimientos. Por ello se ha traducido aquí por«controlados». (N. de la t.)

[2] Lo que le sucedió a un niño de siete años cuando sus padres intentaron explicarle que sus emociones le habían llevado a hacer cosas que ellos —y el niño mismo— reprobaban totalmente, muestra cuán desalentador puede ser para el pequeño el pensar que, sin que él lo sepa, se dan po­derosos procesos en su interior. Así pues, la reacción del niño fue «¿Quieres decir que dentro de mí hay una máquina que hace tic-tac continuamente y que, en cualquier momento, puede hacerme explotar?». A partir de entonces, vivió, durante algún tiempo, presa del terror real a una inminente autodestrucción.

[i] Los comentarios sobre «El pescador y el genio» se basan en la traducción de Burton de The Arabian Nights' Entertainments.
«El espíritu de la botella» es uno de los cuentos recopilados por los Hermanos Grimm y publi­cados bajo el título de Kinder und Hausmärchen. Este volumen ha sido traducido repetidas veces, pero sólo unas pocas de estas versiones se han mantenido fieles al original.
Entre ellas figuran: Grimm's Fairy Tales, Pantheon Books, Nueva York, 1944; y The Grimm's German Folk Tales, Southern Illinois University Press, Carbondale, 1960.
Todos los cuentos de hadas de los Hermanos Grimm se comentan haciendo referencia a los orígenes de cada historia, a sus diferentes versiones halladas por todo el mundo, a su relación con otras leyendas y cuentos de hadas, etc., en la obra de Johannes Bolte y Georg Polivka, Anmerkungen zu den Kinder und Hausmärchen der Brüder Grimm, 5 vols., Olms, Hildesheim, 1963.
«El espíritu de la botella» ilustra cómo las actitudes paternas estimulan al niño a crear fanta­sías acerca de los poderes que le harán sentirse superior a su padre. El héroe de la historia se ha visto obligado a dejar la escuela a causa de la pobreza de su familia. Se brinda a ayudar a su padre, leñador, en su trabajo, pero éste desconfía de la capacidad de su hijo y le dice: «No, hijo. Es dema­siado duro para ti, tú no estás acostumbrado a este trabajo y no podrías soportarlo». Después de trabajar toda la mañana, el padre apunta la posibilidad de tumbarse a descansar y comer un poco. Pero el hijo prefiere pasear por el bosque en busca de algunos nidos, a lo que el padre exclama: «No seas tonto, si no descansas ahora, luego no podrás ni moverte». Así pues, el padre menospre­cia dos veces a su hijo: primero, dudando de su capacidad para trabajar duro; y después, aun ha­biendo demostrado el hijo su vigor, oponiéndose a cómo éste pretende utilizar su tiempo libre. Después de una experiencia semejante, ¿qué muchacho normal en el período de la pubertad no se sumiría en fantasías que le demostraran que su padre está equivocado y que él es muy superior a lo que aquél imagina?
El cuento de hadas hace que esta fantasía se convierta en realidad. Cuando el chico sale en busca de nidos, oye una voz que dice: «¡Sácame de aquí!». Así es como encuentra al espíritu de la botella, quien, en un principio, amenaza con destruirle en represalia por haber permanecido cautivo durante tanto tiempo. El niño consigue, con astucia, que el genio regrese a la botella, del mismo modo que el pescador del cuento de Las mil y una noches. Sólo lo libera después de que el genio le ha recompensado con un pedazo de tela, uno de cuyos extremos sirve para curar todo tipo de heridas, mientras que el otro transforma en plata cualquier objeto que se frote con él. Gracias a este don, el muchacho obtiene para él y su padre todo lo necesario para llevar una vida desahogada y «como podía curar todas las heridas, se convirtió en el médico más famoso del mundo».
El tema del espíritu malvado encerrado en una botella se remonta a las antiguas leyendas judeo-persas, en las que el rey Salomón solía encerrar a los espíritus herejes y rebeldes en cofres de hierro, botellas de cobre o en botas de vino, que arrojaba al mar. Vemos que «El pescador y el genio» deriva, en parte, de esta tradición por el hecho de que el genio confiesa al pescador haberse rebela­do contra Salomón, quien, como castigo, lo confinó en una botella y la lanzó al mar.
En «El espíritu de la botella», este tema procede, al mismo tiempo, de dos tradiciones distintas. Una, aunque se pueda remontar a las leyendas del rey Salomón, es un relato medieval que hace referencia al diablo, encarcelado o liberado por un santo, y obligado a servir a su benefactor. La segunda tiene su origen en los relatos sobre un personaje histórico: Teofrasto Bombasto Paracelso de Hohenheim, famoso médico alquimista suizo-alemán del siglo XVI, cuyas milagrosas curaciones estimularon durante mucho tiempo la imaginación de los europeos.
Una de estas historias nos cuenta que Paracelso oyó una voz que, procedente de un abeto, pro­nunciaba su nombre. Se dio cuenta de que se trataba del diablo, que, en forma de araña, estaba encerrado en un diminuto agujero del árbol. Paracelso se ofreció a liberarlo a condición de que el demonio le proporcionara una pócima capaz de curar cualquier enfermedad y un ungüento que convirtiera en oro todo lo que tocara. El diablo accedió, pero luego, al verse libre, quiso acometer y destruir al santo que lo había encarcelado. Para evitarlo, Paracelso puso en duda que un ser tan enorme como el diablo pudiera convertirse en algo tan insignificante como una araña. El demonio, para demostrar su poder, volvió a transformarse en araña, con lo que Paracelso se apresuró a ence­rrarlo de nuevo en el árbol. A su vez, esta historia procede de un relato mucho más antiguo acerca de un hechicero llamado Virgilio (Bolte y Polivka, op. cit).

[ii] Encontramos la enumeración más exhaustiva de temas de cuentos de hadas, incluyendo el del gigante o el espíritu de la botella, en la obra presentada por Antti A. Aarne, The types of the Folktale, Suomalainen Tiedeakatemia, Helsinki, 1961, y Stith Thompson, Motif Index of Folk Literature, 6 vols., Indiana University Press, Bloomington, 1955.
En el índice de Thompson, el tema del espíritu que es engañado para que se convierta en un ser insignificante y así poder encerrarlo de nuevo en la botella, etc., lo encontramos en D1240, D2177.1, R181, K717 y K722. Sería demasiado largo y pesado ofrecer los mismos datos para todos los temas de los cuentos de hadas mencionados en este libro, especialmente porque la clasificación de un tema determinado se puede llevar a cabo fácilmente mediante estos dos libros de consulta.















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